Señor, he comenzado por mi casa
Dios, que me conoce y quiere tanto, me ha escogido un trabajo que me permite desocuparme durante todo el mes de diciembre. Me da la oportunidad de hacer todo lo que me gusta, para dedicarme en este tiempo, caminando por ratos, trotando en otros.
El viernes pasado desde muy temprano comencé con emperifollar la casa. Es una dura faena, reemplazar absolutamente todos los adornos por los navideños, sacar cajas de la parte alta del closet, armar el árbol de mil luces, engalanar rincones desolados, comprar alguna nueva decoración y dulces para convidar a toda visita que caiga por aquí.
El sábado amanecí encorvado. La columna vertebral me dolía. Mis músculos reclamaban un respiro. Pero al final, al atardecer, cuando vi todo en su sitio, me senté en silencio en el sofá y una felicidad muy especial me invadió. Mis ojos hubiesen querido llorar pero se llenaron de placer. Mi espíritu empezó a desperezarse.
Ya lo saben bien, soy criatura invariablemente mortal e insatisfecha buscando pequeñas felicidades a mi paso. Este tiempo de preparativos me hace tomar contacto con mil añoranzas, mil regodeos inocentes. Despierta mis ganas de juguetear. De comer golosinas. Necesito luces, brillitos, chocolates y treguas.
Ansío renacer en medio del mundo que me toca residir, pero apartándome un poquito de él. Voy a retoñar con paciencia. Traspondré el mes de diciembre desguarnecido pero contento. Caminaré pasito a pasito, como me imagino a la Virgen María con su vientre abultado preparando el bendito y difícil encargo de dar vida al Salvador.
Ven Señor Jesús, mi humilde hogar te espera. Mi corazón pobre y endeble ha empezado a hacerte un espacio.
El viernes pasado desde muy temprano comencé con emperifollar la casa. Es una dura faena, reemplazar absolutamente todos los adornos por los navideños, sacar cajas de la parte alta del closet, armar el árbol de mil luces, engalanar rincones desolados, comprar alguna nueva decoración y dulces para convidar a toda visita que caiga por aquí.
El sábado amanecí encorvado. La columna vertebral me dolía. Mis músculos reclamaban un respiro. Pero al final, al atardecer, cuando vi todo en su sitio, me senté en silencio en el sofá y una felicidad muy especial me invadió. Mis ojos hubiesen querido llorar pero se llenaron de placer. Mi espíritu empezó a desperezarse.
Ya lo saben bien, soy criatura invariablemente mortal e insatisfecha buscando pequeñas felicidades a mi paso. Este tiempo de preparativos me hace tomar contacto con mil añoranzas, mil regodeos inocentes. Despierta mis ganas de juguetear. De comer golosinas. Necesito luces, brillitos, chocolates y treguas.
Ansío renacer en medio del mundo que me toca residir, pero apartándome un poquito de él. Voy a retoñar con paciencia. Traspondré el mes de diciembre desguarnecido pero contento. Caminaré pasito a pasito, como me imagino a la Virgen María con su vientre abultado preparando el bendito y difícil encargo de dar vida al Salvador.
Ven Señor Jesús, mi humilde hogar te espera. Mi corazón pobre y endeble ha empezado a hacerte un espacio.
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